Cuento de Navidad

En LA CVX:

Ángeles roncos.

P.Manuel Maza, S. J.

Asistente Eclesiástico

CVX República Dominicana

Durante la Navidad, los ángeles vinieron a cantar varias noches seguidas.

Venían de cielos distintos.

Llegaron los ángeles árabes de los cielos del desierto. Cubrían sus cabezas con turbantes.

Los ángeles judíos maniobraban sobre la cueva con vuelos razantes, como si fueran aviones de guerra.

En un pedazo de cielo especial, protegido por una barricada de espesas nubes, tocaban sus guitarras eléctricas los ángeles norteamericanos, cada uno con su identificación colgada del cuello.

A cada rato cruzaba un guía y detrás un grupo de ángeles japoneses, hablando alto, tirando fotos y deslumbrando con sus flashes a toda la turba angélica.


Con mucha bulla, desorden y una cumparsa, desfilaron los ángeles caribeños, todavía soñolientos luego de un largo vuelo charter. Cantaban y bailaban, mientras unos ángeles morenos tocaban el acordeón, la güira y la tambora. Les llamaron la atención por querer instalar una freiduría en una nube. Recogieron el anafe protestando: --¡Mire, hombe, un yaniqueque caliente le caería bien al niño!--

Cada noche amenizaba un grupo distinto de ángeles y los demás escuchaban. Se sonreían y aplaudían unos a otros cortésmente, pero se notaba la tensión y la competencia. Todos se esforzaban por cantar mejor que el otro grupo de ángeles. Había corrido este rumor: --- el grupo que cantara mejor, se llevaría la estrella de Belén para su cielo.--

Con el frío, el rocío y la humedad, todos los ángeles se fueron acatarrando. Y ya para la cuarta noche, todos se habían resfriado, les dolía la garganta, y por donde quiera se oía la queja: --¡me siento mal, no puedo cantar, me duele todo el espíritu desde los pies hasta la aureola, estoy ronco, cada vez que estornudo se me caen cuatro plumas!—

La quinta noche, decidieron juntarse todos y como no podían cantar, tararearon y susurraron la melodía de “Noche de paz”. Hasta el cielo subía el murmullo ronco de aquellos ángeles juntiningos, abrazados, cada uno con sus alas apoyadas en los hombros de los compañeros para estar cerca, darse calor y así protegerse del frío cruel como Herodes, en la noche clara y helada.

Cuando terminaron, José y los pastores aplaudieron. María les felicitó: --Así, unidos y abrazados, roncos y sin voz, ¡---esta es la noche que más lindo han cantado— !

El niño Jesús agitaba los brazos y les sonría.

Las primeras estrellas de la aurora del sexto día encontraron a los ángeles todavía abrazados. Hacía horas que la función había terminado. Ahora iban susurrando, uno tras otro, cantos de Navidad en chino, inglés, palestino y creole. Todos tenían sus ojitos húmedos fijos en el pesebre. Ya no les interesaba la estrella. Tenían el rostro iluminado con la misma sonrisa del niño.