21 de mayo de 2017

Desde la Amazonía: Sonidos de muerte y resurrección

Por Lorena Perez, voluntaria CVX en la Amazonía.

“Hay que descender siempre al fondo para descubrir allí una nueva fuente de energía, para renovar la vida gastada y refrescar la vida reseca. La fuerza transformadora no se encuentra en la superficie en que vivimos sino en las profundidades. El camino hasta esas profundidades pasa por la confianza y la decisión, por el desprendimiento y receptividad. Yo no puedo seguir ese camino por decisión propia sino únicamente si soy llamado. Sólo el que escucha la llamada de la vida y la obedece puede encontrar la fuente de la vida en lo profundo”. 
Anselm Grün, Una Espiritualidad desde Abajo. 

Tiempo de cuaresma y pascua, tiempo de Muerte y Resurrección. Gracias a la dinámica de nuestra vida, gracias a la dinámica que tenemos como seres humanos espiritual o interiormente nunca estamos en el mismo lugar, estamos en un continuo movimiento que implica vivir momentos de alegría y gozos profundos, así como momentos de tristeza y soledad y otros de tiempo tranquilo. Así como el clima cambia de una hora a otra, de un día a otro, de un mes a otro. Mi tiempo aquí en esta Amazonía me va permitiendo percibir esos movimientos internos con más claridad, tal vez porque este lugar lo facilita, aquí el agua del río corre y nunca es la misma, aquí aún se puede percibir el sonido de la naturaleza a través de los brotes de plantas, de las flores, de los frutos, de un animal que nace y también los sollozos y gritos a través de un ave, un pez u otro animal que muere o de la tala de un árbol.

Es desde este contacto tan cercano con esta creación que Dios nos regala, que durante este tiempo de cuaresma y de pascua me ha ido permitiendo sentir desde lo más profundo de mí, la tristeza de mis limitaciones físicas, cuando ya he creído estar adaptada, me pican los insectos y mi cuerpo reacciona de manera diferente y se me inflama la pierna, mi mejilla se hincha y me duele porque crece una llaga en el interior de mi boca, aparece un dolor en mis dientes que me impide comer, cosas nada graves pero que hacen que me sienta frágil y que añore volver a casa para sentir y compartir el cuidado de mi familia. 

Es justamente en esa fragilidad física que junto con las limitaciones espirituales que también aparecen, tiempos de tristeza, de ira, de desolación, de desánimo para la oración y de soledad, cuando sientes que no hay cerca un lugar donde reclinar la cabeza y vas tocando límite. Ese momento en el que las fuerzas físicas y espirituales disminuyen y sientes como una pérdida de energía vital, lo único que te queda es dejarte llevar, lanzarte y sumergirte en las profundidades del alma. Como en la crucifixión de Jesús de cara a la muerte se escuchan una variedad de sonidos, unos que te invitan a confiar, aunque eso implique hundirte más. Aparecen heridas, decepciones, disminuye nuestra capacidad afectiva, comprobamos que en el fondo, sin darnos cuenta en la profundidad de nuestro ser, lo que estamos haciendo es buscar a Dios, ese Dios que parece desaparecer, es precisamente en esos momentos de oscuridad, silencio y soledad cuando me pregunto qué me quiere decir Dios con todo esto, y dan ganas de decir como Jesús “aparta de mí este cáliz”. 

Escribiendo este relato, me doy cuenta que ese tiempo de fragilidad es necesario para volver nuestra mirada a Dios, es necesario bajar al fondo del pozo, para encontrar ese tesoro o manantial de vida en las profundidades de nuestro ser, para descubrir que después de la tormenta siempre llega la calma, para experimentar que del fondo surgen nuevas perspectivas y aparecen nuevas posibilidades para continuar peregrinando. Es necesaria esa fragilidad y esa muerte para poder empezar a vivir una espiritualidad desde abajo, descubrir al Dios de la fragilidad, dejar de lado los sentimientos de culpa por sentir o pensar diferente a lo que creemos que debemos ser desde nuestras prácticas religiosas católicas, reprimir el dolor físico, el dolor emocional porque si creo en Dios no debería sentir esto, eso o aquello. 

Romper esos estereotipos de creyente perfecto que no comete ningún pecado, que no se equivoca, que no se arrepiente, que no se cansa, que no llora, que no tiene iras, que no se permite cambiar de camino o de opción, que siempre está alegre que parece estar programado solamente para mostrar el lado que la sociedad considera como bueno para una religión. 

Esta incapacidad, esta fragilidad ahora resulta positiva e incluso puedo decir que saludable porque me obliga con humildad a reconocer que nada es por mi propio esfuerzo. Cuando soy consciente de esta realidad y dejo de lado la lucha entre lo que siento y lo que debería sentir, cuando cansada me rindo y caigo, es justo en ese momento en el que creo haber tocado la muerte interna, que logro sentir el abrazo de ese Dios Padre Madre que como al hija pródiga una y otra vez me recibe, me acoge, me llena de ternura, de cuidados, de amor, y me susurra al oído, “así te amo no tienes que hacer nada para agradarme, te conozco y te amo y quiero que seas feliz”. Como el ave fénix voy emergiendo nuevamente de las cenizas, agradecida, renovada y confiada. Voy sintiendo el sonido de la resurrección de Jesús en esta experiencia de vida, voz que me dice levántate, camina, siempre hay esperanza mientras haya amor, yo estoy contigo, nunca te he dejado, déjame secarte las lágrimas, vamos juntos y sigamos, el nuevo día empieza. Y nuevamente me voy reconciliando con esta creación, con esta vida y comprometiéndome a vivir con amor esta misión.

Con ese estado de ánimo partí en Semana Santa para las comunidades para compartir con ellos todos los ritos de Semana Santa, un tiempo de estar con ellos en el silencio de la muerte de Jesús, de encontrar con ellos el significado de Su muerte. Tiempo de darme cuenta que la muerte es parte del proceso normal de la vida y que incluso es necesaria. 

Me acuerdo cuando a un jesuita español después de mis Ejercicios Espirituales en Loyola le regalé el dibujo de una mariposa, él me dijo si yo sabía lo que significaba la mariposa, yo le dije que no, que simplemente me gustan las mariposas por sus colores, por su fragilidad, por la delicadeza de su vuelo. Me dijo, significa resurrección porque para ser mariposa necesita pasar por el dolor de la metamorfosis, como Jesús tuvo que pasar por el dolor de la muerte para resucitar. Durante esta experiencia voy valorando esas pequeñas metamorfosis que Dios permite en mi vida, para después poder volar con más brillo, ligereza y color como las mariposas.

Este mes fue un tiempo de acompañar a las comunidades indígenas en los ritos de Semana Santa, y descubrir cómo viven la tradición de la resurrección con más alegría, el sábado de gloria madrugan a las 4:00 de la mañana niños, jóvenes y adultos para bañarse y nadar en el río, hacen mucha bulla, encienden los equipos de sonido ponen música alegre y tipo 5:30 se reza el rosario, después desayunan todos juntos y continúa la música a todo volumen hasta la noche que es la celebración de la Vigilia Pascual. Esa es su forma de festejar que Jesús Resucitó. 

Después de las misiones de Semana Santa, tuve la oportunidad de participar en el Preforo Jesuítico Pan-Amazónico en la ciudad de Tarapoto en Perú. Fue muy bonito reencontrarme con Mauricio López y Mauricio Burbano, conocer otros jesuitas y laicos que apuestan su vida por la Amazonía desde diferentes fronteras. 

También, participe en VIII Foros Social Panamazónico, estuve en la mesa de debate de la Mujer Amazónica y Andina, me dio tristeza ver que a esa mesa no asistió ningún hombre, probablemente porque decía “mujeres” y son extremadamente respetuosos con nuestros espacios. Sin embargo, me hizo falta su presencia, en primer lugar, porque me parece bueno que escuchen nuestros sentires y nuestros pensamientos y en segundo lugar porque me parece enriquecedor también escuchar sus reflexiones. Aún hay mucho por trabajar en el tema de género, porque de lo que pude ver en las otras mesas de debate los panelistas eran hombres y las escasas mujeres que exponen tienen que parecer mujeres fuertes con un tono de voz grave. 

Quiero plantear un cuestionamiento a propósito de esto, qué lugar ocupa la mujer en nuestros espacios de iglesia, de trabajo, de comunidad, etc., se la sigue desplazando y lo máximo que puede llegar a ser en los Consejos es secretaria. ¿Cuántas mujeres dentro de nuestras organizaciones están en puestos directivos? A veces veo que en las reuniones hay más presencia femenina y quien coordina es un hombre. Sigamos construyendo una sociedad más equitativa de la que nadie quede excluido. 

Para terminar, a propósito del tema de este relato sonidos de muerte y resurrección, quiero proponerles que cada uno se interrogue personalmente en relación con el cuidado de nuestra casa común, ¿a qué cosas debo morir dentro de mi estilo de vida, para que desde donde me encuentro, viviendo o trabajando, contribuya con actividades pequeñas, concretas y viables de manera que este nuestro hogar, pueda ir resucitando a la vida o por lo menos no contribuya con su deterioro?

Como pueden leer, este mes hubo mucho movimiento interior y mucho que agradecer a Dios. Gracias como siempre a quienes desde lejos me van acompañando con su mensajitos o llamadas.

Un gran abrazo 
Lore