14 de junio de 2017

Desde la Amazonía: Todo está interconectado como si fuésemos uno…

Por Lorena Pérez, voluntaria CVX en la Amazonía. 
“Tudo está interligado como si fossemos um. Tudo está interligado nesta casa comum” Mantra Amazónico em portugues
Este mantra me ha acompañado durante todo este mes, todos formamos parte de esta madre tierra y de este universo, estamos conectados unos con otros y juntos dentro de esta Casa Común, todo lo que hagamos tiene afectación en el otro sea ser humano, animal, planta, es decir todo ser viviente de nuestro planeta, grande o pequeño, depende de nuestra manera de actuar, del estilo de vida que elijamos, de lo que hacemos o de lo que dejemos de hacer. 

Desde esta reflexión, puedo decir que si nos damos cuenta en realidad nunca estamos solos, la soledad puede ser una sensación temporal de la persona que depende de esa capacidad para abrirse y sentir con el otro, siempre estamos cercanos y relacionándonos continuamente con otras personas o seres vivos, a quienes podremos percibirlos desde nuestros sentidos. Por lo tanto, puedo ser responsable de lo que le sucede al otro tanto de bueno como de no tan bueno. Suena fuerte porque a nadie le gusta que la felicidad o armonía dependa del otro. Muchos libros de psicología nos motivan a buscar nuestra propia felicidad dentro de nosotros y eso me parece muy bien, solo que algunas veces nos pasamos la vida centrados en nosotros mismos y en la búsqueda de la felicidad que se nos pasa la vida en eso, y caemos en el individualismo, en el cual está sumergido el mundo, y nos olvidamos que la felicidad es algo de doble vía, es decir, que es un dar y recibir incondicionalmente, yo en gratuidad me dono al otro y el otro se me da gratuitamente. Al estilo de Jesús, quien nos invita junto a él a recrear continuamente este mundo y a encontrar el rostro de Dios en el otro, que en esta Casa Común hay espacio para todos y que lo importante es aprender a convivir juntos en armonía, en Su amor.

Probablemente no sea muy fácil de entender, a mí se me hace difícil explicarlo, sin embargo, es lo que he podido ir descubriendo y vivenciando en este voluntariado. Donde he podido sentir la mano buena del ser humano, cada vez que conozco y veo personas que viven en esta triple frontera en esta Amazonía, sean de iglesia o no, que se desgastan apoyando a las comunidades ribereñas ya sea en la pastoral, en catequesis, navegando por el río, dando a conocer la legislación indígena, apoyando la demarcación de territorio, capacitando en la mejora de la producción y cuidado de la tierra, acompañando y escuchando las necesidades de las personas originarias, sensibilizando en contra de la trata de personas, educación, etc. Personas que se trasladan hasta este lugar de nuestra Casa Común, desde lugares lejanos por un llamado profundo de cuidar, apoyar y armonizar este pulmón del planeta que aún nos queda. Lastimosamente, también puedo visibilizar la mano del ser humano que viene a desarmonizar este espacio con la extracción indiscriminada de los recursos naturales, la contaminación, el narcotráfico, la trata de personas, etc.

Entonces, me brota del corazón y de mi mente: si todos estamos interrelacionados y nos afectamos para bien o para mal, en este mundo, todos somos responsables no solo de lo que hacemos, sino también de lo que hace mi hermano. Siendo así la injusticia social, la destrucción de la naturaleza, también es mi responsabilidad y ante eso me cuestiono ¿qué estoy haciendo? ¿cuál es mi contribución grande o pequeña? No puedo quedarme estática, observando lo que sucede a mi alrededor viendo como otros van deteriorando esta Casa Común. Recuerdo este párrafo de la Laudato Si que dice: “La cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del medio ambiente, al agotamiento de las reservas naturales, de la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático.” (LS 111)

Gracias a este presupuesto de que todo está interconectado, interrelacionado en esta nuestra Casa Común, entonces no solamente estamos en la Tierra, somos tierra. Y si me siento así, entonces no me debería importar ni la raza, ni el credo, ni la lengua, ni la cultura porque en mi esencia yo llevo un poco de todos, me siento hermana de todo y de todos como San Francisco. Es precisamente así, que de un tiempo acá me voy sintiendo con este entorno amazónico y con su gente, o mejor debería decir con mi gente, en un tiempo privilegiado de irme encontrando con ellos, de ir descubriendo y valorando su gran riqueza cultural, su pensamiento, su estilo de vida, que busca la armonía con su entorno. 

Desde este espacio voy comprendiendo lo que para la cultura indígena significa “Buen Vivir”, desde este bioma amazónico lo que mis hermanos originarios pretenden o han pretendido durante tantos años, es construir una sociedad donde caminemos todos juntos, donde tengamos la certeza de que todo alcanza para todos y que, por su puesto, me y nos preocupemos porque a nadie le falte nada y que nadie se quede atrás. Para ellos su Dios es un Dios bueno que provee siempre y que nunca abandona, en ellos se hace vida el pasaje de Mateo que dice: “miren las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y su Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas?” (Mt 6, 26). Que admirable la fe que tienen ellos en su Padre - Madre Dios, en su creador. Agradecen el alimento que cada día reciben con el sudor del trabajo en sus chagras[1] y cada pez que logran pescar en el río. No se quejan porque no conocen otro estilo de vida porque para ellos, su estilo de vida es el mejor, disfrutan y tienen tiempo para descansar, hacer deporte o jugar con sus amigos. En nuestro lenguaje occidental diríamos para perder el tiempo.

Nosotros en cambio en nuestras ciudades hemos cambiado el Buen Vivir por el “Vivir Bien” y vaya que hay diferencia, ese vivir bien nos encierra en un individualismo en el cual solamente busco mi bienestar personal y máximo el de mi familia, olvidándome de mi entorno, perdiendo esa capacidad de sentirme interrelacionado con el otro y llevándome al consumo y a un supuesto progreso o desarrollo que devasta el entorno porque está centrado en el ser humano como dominador de todo. 

Nosotros todo lo medimos en base a objetivos, productividad, resultados, indicadores, siempre tenemos que estar trabajando a tal punto que hemos perdido la capacidad de relacionarnos con el otro y con nuestra naturaleza, de ahí que vienen las enfermedades como el estrés y la depresión porque nos auto exigimos, o esforzamos por cumplir los parámetros que demanda la sociedad desarrollada llena de comodidades y tan vacía de relaciones y afectos. Tan ruidosa y con tan pocos silencios.

Ahora después de once meses en este rincón de nuestra naturaleza amazónica, me pregunto ¿Quiénes son los realmente desarrollados? Ellos definitivamente, porque aún guardan en su corazón esa esencia de Dios, de sentir y saber que, sin la naturaleza, ellos desaparecen junto con ella, pues no son nada sin ella y ella no es nada sin ellos, porque están interrelacionados, interconectados como con un cordón umbilical del que dan y reciben vida y el cortarlo significa morir. Por eso ellos están dispuestos a dar su vida por cuidar este espacio de tierra que les queda.

Estas son algunas reflexiones que han ido surgiendo en mi interior durante este tiempo, por eso me parece que cuando el Papa dice que probablemente debemos cambiar nuestro estilo de vida y nuestra espiritualidad siento que está intentando decirnos que debemos volver a nuestra esencia, a nuestra fuente, a nuestros orígenes, a Dios.

Desde cualquier lugar en el que me encuentre cerca o lejos de esta Amazonia, creo cada uno de nosotros podemos contribuir para mejorar la calidad de vida de los seres vivos de nuestro entorno. Les dejo en este relato algunas interrogantes ¿estoy viviendo el Buen vivir o el Vivir bien?, ¿Me siento parte de esta Casa Común y que hago por cuidarla?, ¿sería capaz de salir de mis comodidades o mi desarrollo por insertarme un tiempo en esta Amazonía, en estas fronteras?, ¿Desde mi país, cuál es mi contribución para que este “todos vivamos juntos”, para “que nadie se quede atrás o fuera”?

Compartiendo mi misión de este mes, terminamos como equipo pastoral el primer recorrido de sensibilización en contra del Tráfico de personas en las comunidades de Zaragoza, Libertad, Puerto Triunfo y Ronda. Como siempre trabajamos con los niños en las escuelas con el tema del cuidado del cuerpo, tuvimos eucaristías en dos comunidades gracias al apoyo de Valerio Sartor SJ, sacerdote jesuita, y el Hermano Capuchino Manuel Vargas, Las personas de la comunidad valoran mucho la presencia esporádica de los sacerdotes, piden que se los visite con mayor frecuencia y poder tener una misa al menos una vez al mes, sienten que eso le puede ayudar para combatir los vicios a los cuales los jóvenes están expuestos por la influencia del desarrollo. 


Participé también en la reunión bimensual de la Red de Enfrentamiento en contra del Tráfico de personas de la Triple Frontera, en ella se comparte la situación en cada país referente al tema, hay niños que desaparecen, niñas que son vendidas a ancianos, o llevadas a Santa Rosa para prostitución, el panorama no es muy alentador, pues como toda frontera, tiende a ser descuidada por las autoridades de cada uno de los tres estados.

Por invitación de Natalia Forero, colaboradora de la Hijas de la Caridad en Colombia, quien trabaja el tema en contra de la Trata en Puerto Nariño, la acompañé en la sensibilización del tema en Islandia, Perú. Estuvimos dos días trabajando en la escuela con los niños y los jóvenes, debo mencionar que hay apertura por parte de los directores y profesores para que mensualmente se les apoye con la formación a los chicos. La comunidad internacional e inter congregacional conformada por cinco religiosas y un sacerdote diocesano nos acogió durante estos días, fue un bello compartir de experiencias, de misión y de vida.

Por último, para terminar el mes, visité Atalaia do Norte, una parroquia de la Dioceses Alto Solimões en Brasil, donde pude compartir con Martha, misionera javeriana española, quien por tres años trabajará en esa población en programas pastorales con mujeres e indígenas y con quien desde su llegada hace tres meses hemos ido construyendo una bonita amistad, aproveché también para visitar y compartir con los amigos del CIMI[2].

Fue un mes de compartir, de guardar muchos rostros en el corazón y de muchas reflexiones interiores.

Gracias siempre por acompañarme con sus oraciones en esta misión.

Lore

[1] Chagras, porción de tierra o terreno donde siembran los productos propios de la región. 
[2] Conselho Indigenista Missionário