22 de abril de 2017

¿Se metió Jesús en política?

José L. Caravias sj, Asistente Eclesiástico CVX Paraguay


A esta pregunta crucial se han dado muchas y variadas respuestas, desde un no rotundo hasta casi considerar a Jesús como guerrillero. Estos extremos suelen adolecer de una ignorancia crasa sobre las circunstancias históricas en las que vivió Jesús, ignorancia acompañada además de enceguecidos fanatismos fundamentalistas.

Es decisivo para los seguidores de Jesús aclararnos en este tema vital. Los ignacianos aprendemos a pedirle insistentemente a Jesús conocerlo a fondo para así poder amarlo y seguirlo. Y el tema político era palpitante en su tiempo, quizás aun más que en el nuestro. Es imprescindible conocerlo para poder entender a Jesús.


Las políticas del tiempo de Jesús

En tiempo de Jesús las posturas políticas eran muchas y muy diversas. Por siglos los judíos habían sido dominados por sucesivos imperios. Dos siglos antes de Jesús la cruel represión del emperador Antíoco IV Epífanes fue tan cruel que suscitó la revuelta victoriosa de los Macabeos. Pero sus sucesores se volvieron también altamente represores, tanto que suscitaron la intervención del Imperio Romano, 70 años antes de la venida de Cristo. O sea, aquel pueblo cargaba sobre sus espaldas una larga historia de violentas represiones y consecuentes miserias…

Durante la vida de Jesús Palestina formaba un Estado teocrático, semi independiente, pero con dura ocupación militar y pesadas cargas tributarias. Todos pagaban fuertes impuestos a Roma: alrededor del 25% de toda producción o negocio. Además tributaban otro 10% al Templo de Jerusalén, sede del gobierno local. A lo cual se añadían las trampas de los recaudadores para cobrar de más. La gran mayoría de la población vivía ahorcada económicamente por tener que pagar en impuestos cerca de la mitad de sus ganancias. Y en los años de malas cosechas los campesinos se veían obligados a vender sus tierras para no ser apresados como esclavos, con lo que engrosaban la gran cantidad de mendigos que rodeaban las ciudades.

Es importante entender el papel político múltiple del templo de Jerusalén, con sus varios patios, amplios corredores y multitud de salas. Era ciertamente un centro religioso de culto y oración. Pero además era la sede del poder legislativo, el Sanedrín; sede también del poder judicial (juicios y condenas, inclusive la pena de muerte); y sede también del poder ejecutivo, presidido por el Sumo Sacerdote, gobernante supremo, nombrado por Roma. Además fungía como Banco Central, pues guardaba, acuñaba y cambiaba monedas. También se centraba en él el mercadeo y matadero de animales. Por fin, para colmo, en él estaba el cuartel de la policía local, la llamada policía del templo.

El Sanedrín era su Congreso, formado por 70 miembros, la mayoría fariseos y saduceos. El cargo de Sumo Sacerdote era comprado cada año a Roma, que lo entregaba al mejor postor. Era el jefe religioso, pero también jefe del ejecutivo, del legislativo y del judicial, además de la emisión-cambio de monedas, cobro de impuestos y venta de animales… O sea, el gobernante principal, acaparador de cargos, estaba vendido al Imperio.

Las facciones políticas eran también muy variadas.

Estaban los “colaboracionistas”, que defendían la ocupación romana y se aprovechaban de ella, como los cobradores de impuestos y los saduceos, que formaban el partido de los terratenientes. Y por supuesto, el Sumo Sacerdote.

Los demás sacerdotes de Jerusalén constituían una aristocracia, cerrada en sí misma, enormemente enriquecida, aliada de Roma.

Los fariseos, de clase media, generalmente artesanos, austeros y piadosos, obsesionados con la pureza ritual, fanáticos cumplidores de sus leyes religiosas eran tolerantes con el poder romano, pero no colaboradores. Formaban el eje de la teocracia reinante.

Los esenios practicaban una evasión total, alejándose a vivir en el desierto. Monjes muy austeros, separados de la impiedad del mundo y del Templo, cumplidores fanáticos de la Ley mosaica, y enemigos a muerte de Roma y del Templo.

Los campesinos vivían en extrema pobreza, abrumados por los impuestos. Abundaban los mendigos, antiguos campesinos que por el exceso de impuestos habían tenido que vender sus tierras. Muchos se convertían en enfermos crónicos, altamente despreciados como malditos de Dios.

Con frecuencia se formaban movimientos de rebeldes armados, especialmente los sicarios, que intentaban liberar al pueblo del yugo romano. Esperaban un Mesías guerrero y defendían que no se puede llamar «señor» al César, ni reconocerlo como tal pagando tributos. Buscaban la emancipación de los esclavos y la supresión de la usura y el latifundio.

Eran altamente despreciados los que no podían practicar el descanso sabático, ni las normas de pureza legal: ciegos, minusválidos, paralíticos, epilépticos, sordomudos... Y especialmente despreciados los pastores, los curtidores de pieles, las prostitutas y todo oficio sucio. 

Sistemáticamente eran relegadas las mujeres. Ellas no podían elegir con quién casarse. No podían tener bienes. No debían hablar con nadie en la calle. No podían ni aprender a leer. No entraban en las sinagogas. Sus rezos no servían para nada. Los maridos se podían divorciar de ellas por cualquier motivo. 

Los niños no eran nada, pues no conocían la Ley. Podían ser maltratados y aun vendidos…

Tantas revueltas, crueldades, injusticias y desprecios habían dejado al pueblo altamente resentido y dividido. Jesús vivió en un ambiente tremendamente tenso y politizado, y actuó dentro de él. Decir que «Jesús no se metió en política» supone un desconocimiento total de su época.

Las opciones de Jesús

Jesús nació, vivió y murió en este complejo entramado social de Palestina. En esta sociedad predicó y anunció que el Reino de Dios estaba cerca. Ante los conflictos y realidades de su tiempo Jesús no pasó de largo. No practicó una postura de evasión, como los esenios; ni de resignación pasiva; ni militarista como los sicarios; ni menos aun de colaboracionismo, como los saduceos. 

En esa sociedad concreta y real presentó un nuevo rostro de Dios, Abbá, siempre enteramente bueno, que quiere la prosperidad de todos sus hijos, que lo ha hecho todo para todos, y por consiguiente opta preferentemente por los despreciados y marginados. 

A partir de su fe Jesús tomó partido y se jugó la vida, poniéndose abiertamente del lado de los excluidos. Vivió entre ellos, conoció sus necesidades, les dio esperanzas... Les hizo ver que no eran despreciados, ni castigados por Dios… La Buena Nueva que les da es que Dios los quiere y los prefiere. Por eso su actitud firme y heroica de consolar y atender con cariño a todos los que aquella sociedad despreciaba en nombre de Dios. ¡Ése no era el Dios en el que creía Jesús!

Predicar a un Dios que prefiere a los pobres era un atrevimiento altamente subversivo. Las autoridades de todos los tiempos insisten en que su poder es de origen divino, a quien todo el mundo debe obedecer; y que la pobreza y enfermedades provienen también de una voluntad divina, que hay que aceptar con resignación. 

Las autoridades religiosas y civiles, altamente molestas, intentaron por todos los medios que Jesús cambiara de actitud y de predicación. Pero ni amenazas, ni torturas, ni la muerte misma, le hicieron desistir de su mensaje. Vivir y predicar al Dios de los pobres es un acto profundamente político, desde Moisés, pasando por los profetas y Jesús, hasta nuestros días. Prueba de ello es la sangre derramadas de los muchos mártires que riega la historia.

Hay que conocer bien las circunstancias históricas de Jesús para entender lo serio de su lucha a contracorriente en defensa de la vida y del Dios de la Vida. 

Jesús se situó por encima de las luchas y rivalidades de su tiempo. Acogía a todos los que se acercaban a él, personas tan distintas como recaudadores y sicarios, tratando con todos, aun con los romanos. 

Para Jesús sólo hay una fuerza capaz de cambiar el mundo: el amor, que se manifiesta en el servicio, no en el dominio, y que lleva a morir, no a matar. Su actitud es no violenta, pero activa siempre a favor de los marginados. Él fomenta una fraternidad solidaria, en la que todos podamos vivir como hijos de Dios y hermanos unos de otros.

Él nos muestra cómo la vida de cada persona es sagrada, y nos enseña que toda relación debe buscar nuestra humanización en el marco de una libertad corresponsable, que nos haga sujetos, y no objetos o súbditos. Quiere que "todos tengan vida y vida en abundancia" (Jn 10, 10). Por eso atiende, a contracorriente, a todo marginado, buscando dignificarlo. Es admirable el cariño y el respeto con el que se acerca a los despreciados e intocables de su época.

Pero no se limita a dignificar a los marginados. Él ve las causas de la miseria del pueblo y las denuncia públicamente, aun con el riesgo de jugarse la vida.

Denuncia muy gráficamente a las autoridades judías, representadas en el Sanedrín, su congreso local. Saduceos y fariseos formaban las dos bancadas principales. Y Jesús los califica de hipócritas, sepulcros blanqueados, lindos por fuera, pero llenos de podredumbre por dentro (Mt 23,27). Raza de víboras (Mt 23,33)… “Preparan pesadas cargas, muy difíciles de llevar, y las echan sobre las espaldas de la gente, pero ellos ni siquiera levantan un dedo para moverlas” (Mt 23,4). ¿No es esto política? Intenten dar estos epítetos a los congresistas de su país y verán lo que pasa…

Tiene una actitud crítica con respecto al “zorro” Herodes (Lc 13,32) y desprecia a los soberanos de este mundo que gobiernan naciones como dueños, y a pesar de que las oprimen se hacen llamar bienhechores (Lc 22, 25).

Critica duramente a los acaparadores de bienes, “los ricos” egoístas. Llama “necio” al que recogió una gran cosecha y sólo pensó en pasarlo bien (Lc 12,16-21). Condena al que banqueteaba sin acordarse del pobre que yacía a su puerta (Lc 16,19-31). Y a todo el que no se preocupe del hambre, la sed, el vestido, la salud de su prójimo. Los llama malditos y los condena al fuego eterno (Mt 25). Por poquito que hoy digamos algo parecido nos acusarán enseguida como peligrosos políticos izquierdistas. 

Estas condenas claras del poder opresor y de la acumulación egoísta representaban una provocación para las autoridades ricachonas. Casi siempre, entonces y ahora, los que gobiernan son los más ricos. Por eso Jesús se ganó tantos enemigos entre la clase dirigente, que quisieron acallarlo para siempre matándolo. 

La misión de Jesús provocó conflictos permanentes con las autoridades de su tiempo: escribas, fariseos, saduceos, miembros del Sanedrín y autoridades romanas, pues denuncia sus acaparamientos y defiende los derechos de sus marginados. Él proclamara un Reino de justicia y fraternidad, que no era el del César.

Esto demuestra que, aunque Jesús no se enrolase en ningún tipo de política partidaria, mantuvo una postura tremendamente política y comprometida, que representaba una condena de las políticas vigentes en su tiempo y una defensa a ultranza de todos los marginados. Por eso lo condenan como sedicioso, pues su prédica altera el orden establecido.

Todo buen cristianos es discípulo de un prisionero político. “Si a mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes” (Jn 15,20). Jesús no murió de un accidente callejero en Jerusalén, ni de una enfermedad en la cama. Fue asesinado bajo dos procesos sumarísimos, el del Sanedrín y el de los romanos. Era preciso callar a aquel que enseñaba que la persona humana es más sagrada que el Templo de Jerusalén, el sábado o el poder romano. 


¿Qué nos puede pedir Jesús hoy a nosotros?

El “imperio” que margina y excluye de la vida a la mayoría hoy se llama "capitalismo“, acumulación egoísta de capitales. Jesús no condenó a las riquezas, sino a la avaricia. Y se comprometió a fondo con sus víctimas. Son dos actitudes complementarias de contenido altamente político: denuncia de las injusticias, especialmente las estructurales; y dignificación de los excluidos. 

Los “epulones”, hoy más gordos que nunca, necesitan alimentarse de pueblos sumisos, consumidores compulsivos, deslumbrados e idiotizados. Y están dispuestos a hundir todo intento de desenmascaramiento de su avaricia y de dignificación del pueblo. Para ello tienen a su servicio un inmenso poder económico, poderosos medios de comunicación y terroríficas armas de guerra. 

Abrir los ojos y organizarse es hoy más peligroso que nunca. O te compran o te engañan o te matan. Es curioso que la mayoría de mártires modernos sean periodistas que quisieron contar verdades desenmascarando mentiras. Son miles también los asesinatos de líderes populares que intentaron abrir los ojos del pueblo y ayudarles a organizarse. 

2.000.000.000 de personas sufren gravemente desprecios y miserias… Hay multitud de desplazados, migrantes y refugiados, víctimas del señor Don Dinero. Las grandes ciudades están cada vez más apretadas por inmensos cinturones de miseria. Vida infrahumana, sin atenciones básicas…

¿Cómo les damos hoy la Buena Nueva de Jesús a los millones de excluidos por este sistema de muerte? ¿Qué nos pide Jesús a los que decimos querer seguirle? ¿Hasta dónde nos alcanza hoy el grito de los excluidos? Necesitamos mucha valiente creatividad… ¡Jesús los está escuchando y pide nuestro compromiso! ¿Cómo responderemos a su llamado? ¿Qué tipo de política debemos practicar? Hace siglos que nos interpela este desafío… Y pocas veces acertamos.

Todo miembro de CVX debe discernir qué es lo que le pide Dios en este terreno, empezando por conseguir una conciencia clara de la realidad socio-económica que nos aplasta a todos. El no tragarnos sus mentiras es básico.

A una fe que busca la justicia le interesa la política. En ciertas circunstancias, comprometerse en política puede ser un imperativo para laicos cristianos consecuentes con su fe. Si hay esperanzas fundadas de poder mejorar la vida del pueblo, es muy importante preguntarnos ante Jesús hasta dónde él quiere que nos comprometamos.

El compromiso de dignificación de los pobres y la denuncia de ciertas injusticias debe alcanzarnos a todos los cristianos. Enrolarnos en un partido o movimiento político concreto es materia de serio discernimiento y acompañamiento. Jesús no se enroló en ningún grupo político de su tiempo, seguramente porque ninguno valía la pena. Pero puede ser que en nuestro ambiente sea necesario apoyar a ciertos movimientos populares. Hay que discernirlo en serio, conscientes de que meterse en política al estilo de Jesús es hacerlo tocando pobre y para los pobres, y en comunidad, nunca en solitario.

Nuestro mundo necesita el compromiso político de personas competentes y honradas. Los que queremos seguir a Jesús de cerca no nos podemos desentender de los problemas económico-políticos actuales, tan aplastantes para tantísima gente. 

Seguir a Jesús hoy parece que implica compromisos serios, de nuevo estilo, altamente competentes…