7 de octubre de 2013

Ecos del reencuentro con la identidad, vocación y misión CVX en las hermosas y heridas tierras del Medio Oriente

La primera impresión. Arribé con profunda incertidumbre ante la llegada a un sitio nuevo, con la fuerte carga de prejuicio alimentada por la información parcial y tantas veces tendenciosa que me incapacitaba de encontrar en lo profundo de su alma, y de ver directamente a los ojos, la belleza imponente del Líbano. Y desde la llegada Beirut simplemente se transfiguró y explotó ante mis ojos expresando su esencia mediante rostros, espacios vivos, y una expresión de fe que revelaba su historia viva y compleja. Una historia que denunciaba el dolor que ha experimentado por persistentes divisiones que atentan contra su esencia luminosa. Y sin embargo, a pesar de todo lo complejo de su realidad, Líbano abrió su corazón y su vida para acogernos en lo que sería una de las experiencias más significativas de mi vida.

El encuentro con las raíces de nuestra fe y el simbolismo de nuestra búsqueda de la esperanza en Cristo. La celebración de apertura de la Asamblea con el Patriarca de la Iglesia Maronita, el Cardenal Raii, se convirtió en un hito del paso por estas tierras cargadas de simbolismo y de mensajes de fe. Al no entender las palabras que se expresaban en árabe, e incluso en arameo, me fue regalada, de alguna manera, la posibilidad de comprender aún más la profundidad de mi propia fe. Me fue dada una experiencia de acceso al simbolismo que representa el vínculo de nuestra historia de fe con la propia historia del Cristo que caminó entre nosotros. El sentido sacramental de nuestra espiritualidad se me regaló en la ignorancia de mi propia historia, y en la presencia en la ausencia se acentuó mi propia creencia. Toda mi experiencia de la Asamblea quedó marcada por este momento de manera inesperada.

La Unidad en la Diversidad de nuestra CVX. El don de saberme parte de una comunidad que ha asumido su realidad, que se reconoce cada vez más a sí misma, sin ingenuidad, acogiendo sus limitaciones, pero que madura con pasos firmes mientras reconoce la revelación paulatina del Dios padre/madre de la esperanza. Una comunidad que abre su vida, aún con temores y dudas, a los clamores más fuertes de nuestros tiempos. El camino hacia las fronteras requiere de la construcción de puentes sólidos que nos permitan reconocer la dimensión del compromiso como creyentes para construir un reino de paz, justicia, igualdad, compasión, amor por el otro, y de una opción preferencial por los más vulnerables. Pude ver a la CVX como comunidad que se rinde ante la Trinidad, expresión de la diversidad y la complementariedad, reconociendo el llamado a redimir el género humano, comenzando por nosotros mismos, y asumiendo el llamado a una presencia de verdadera projimidad-proximidad.

La amorosa mirada de una Madre que nos inundó durante todo este tiempo. Nuestra Señora del Líbano nos miró con ternura y profundo amor a lo largo de nuestro paso por esta tierra. Su caricia llenó nuestros corazones de esperanza, de fuerza para la lucha por la paz, y de una mirada de fuego que nos confronta con nuestras incongruencias; asumiendo el llamado a vivir un cambio de corazón y de vida. Una presencia que ha acompañado la vida, muerte y resurrección del propio pueblo del Medio Oriente, y que nos inspira para sabernos llamados y enviados a bajar del monte para gastar la vida en medio de nuestro compromiso laical en todas sus múltiples expresiones.

La fuerza de la muerte que intenta desestabilizar nuestros corazones. Después de unos días del cierre de nuestra Asamblea una bomba en Beirut resonó en todos los corazones de los que estuvimos allá; una explosión que dolió en lo más profundo. La muerte de tantos inocentes: niños, niñas, mujeres y hombres, que pagaron un precio muy alto simplemente por vivir en ese sitio, o por haber pasado por aquel lugar en un muy mal momento. Esa incertidumbre, y el profundo dolor de la violencia, acompaña los días y las noches de toda esta región tan fuertemente convulsionada por la guerra, por los intereses externos, y por la división que genera recelos y revanchas. Hombres y mujeres que no logran mirarse a los ojos como lo que son, hermanos y hermanas.

Las dos caras de una misma moneda. La experiencia de compartir y acompañar el éxodo Sirio en el Líbano, a través de nuestros propios hermanos de comunidad, nos abrió los ojos a la certeza de que toda historia tiene distintas caras dependiendo el sitio en donde estamos parados. El dolor latente de un pueblo Sirio forzado a huir de sus tierras, obligado a la ruptura familiar, experimentando el drama humano de la pérdida de seres queridos, y en la incierta experiencia de comenzar con muy poco en un sitio lejano. Un dolor indeseable que se acompaña con actitudes de rechazo o sospecha, como en casi todos los procesos de inmigración en todos los sitios del mundo. Por otro lado, la comunidad CVX abriendo su vida y corazones, aún en medio de situaciones de dificultad para ellos mismos, acogiendo en gratuidad a los que van llegando. Una acogida que implica la incorporación de más de 1.8 millones de personas dentro de un país poblado por alrededor de 4 millones de habitantes. ¡Qué dura tarea! Sólo la fe ayuda a mantener los lazos de gratuidad vivos como expresión de la vocación por el reino.

La vida detrás de la muerte. El agridulce regalo de haber asistido a un funeral de uno de los padres de una hermana de comunidad se convirtió en un momento lleno de símbolos que reflejan la solidaridad de una comunidad que se hace presente sobre todo en los momentos más complejos donde parece que sólo hay dolor. Una comunidad pequeña que refleja el sentir de toda la comunidad mundial sabiendo que somos responsables de acompañar a los miembros más frágiles de la CVX en sus momentos de mayor dolor, así como sucede en este momento con Siria, Egipto y Líbano, y como sabemos que sucederá de la misma manera con las necesidades por venir en cualquier parte del mundo.

La celebración de la vida sigue a pesar de todo. Fuimos recibidos por familias y amigos que nos entregaron todo el amor que tienen para dar. El paso por sus hogares y sus vidas iluminó nuestro camino por el Medio Oriente, y su testimonio de celebración de la vida en lo simple nos confirmó que nuestra fe es un camino, y que el horizonte mayor es vivir en plenitud el proyecto de esperanza que se nos comunica como reino a todos los creyentes. Este proyecto se expresa de distintas maneras en otras expresiones religiosas con las que debemos aprender a aceptarnos, y, quizás algún día, a amarnos.

La vida de la comunidad que se expresa en el servicio a los otros. Un EXCO mundial que cierra un ciclo recogiendo importantes frutos, reconociendo sus limitaciones, pero sobre todo aceptando la obra de un Dios Padre-Madre con nosotros y a través de nosotros. Y en continuidad con ello, un nuevo grupo de personas, igualmente locos de amor y con el corazón dispuesto a servir a la comunidad con el anhelo de tener la fe suficiente para poner el amor más en obras que en palabras. Un EXCO dispuesto a hacer lo posible para estar a la altura del mandato de Líbano para la CVX mundial, reconociendo que es tarea compartida con todos los miembros.

Abrazos y oraciones,

Mauricio López Oropeza
Presidente de la CVX -Comunidad de Vida Cristiana-